Lanzó una vez más una piedra contra el agua de aquella pequeña cala escondida en medio de aquel acantilado. Dejó que ésta rebotara para bien lejos, poder hundirse con la paz de haber logrado saltar cada obstáculo que aquella superficie azul verdoso le había puesto.
Se sentó a mirar cómo las gaviotas volaban sobre su cabeza y el agua golpeaba suavemente las rocas, provocando ese dulce sonido que tanto le conseguía relajar. Casi le relajaba tanto como las caricias que solo él sabía acertar y que tanto necesitaba en aquel momento.
No siempre se tiene lo que uno quiere en cada momento y por eso debía concentrarse en escuchar, imaginando dónde habría llegado su piedra y tratando de volver a sentirse tan fuerte como la última vez que sintió esa caricia. Pronto volvería y tarde o temprano, marcharían juntos hacia aquel destino que tanto habían soñado, hacia cada uno de sus sueños, tratando de cumplir siempre los objetivos propuestos y, especialmente, superar la meta de la felicidad, darse el uno al otro esas sonrisas que en algún momento difícil podría necesitar sacar de su interior para poder ponérsela una vez más. Les gustaba pensar que eran capaces de almacenar sonrisas que tarde o temprano utilizarían, con la maravillosa suerte de que éstas jamás se acabarían mientras siguiesen unidos. Porque allá donde uno derramase una lágrima el otro plantaría una firme sonrisa que derrotaría cada rastro de tristeza, así como la piedra gana a la tijera o el papel a la piedra.
Y aún así, en este día junto al acantilado, escuchando los golpes del agua contra las rocas, contemplando las cigüeñas y la belleza del mar, le necesitaba a su lado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario