22.6.10

Él no quería nada más.

El sol se dejaba ver poco por allí. Le creían tímido, temeroso, amante de las nubes. Siempre tras ellas, día tras día. Nunca se dejaba ver. Algunas personas incluso fantaseaban y contaban historias inventadas sobre los viejos tiempos. "Hace muchos años nos bañábamos al sol, leíamos al sol y nos divertíamos al sol" Los jóvenes soñaban con verlo y nunca ocurría. Algunos empezaban a creer que no existía. Que, quizá, se tratase de una leyenda, de un mito.

Pero Alfred sabía que era real. No por lo que le habían contado, sino por lo que había leído. Sabía más de astronomía que cualquiera de los adultos de la zona, y estaba completamente seguro de que pronto vendría el esperado sol. Según sus cálculos faltaban sólo dos semanas, tres días y cuarenta y cinco minutos. "Ya veréis, al sol va a salir, lo dicen los libros!" Lo repetía cada momento, a todas las personas, con la ilusión que sólo un niño puede mostrar. Pero le tomaban por loco. "¿Los libros? Los libros sólo cuentan bobadas" "Déjate de chorradas niño!" "Tú no sabes nada de la vida"

El se iba siempre solo, se sentaba en una piedra al lado del río y miraba a lo lejos. Pensaba en que nadie le entendía. En que nunca le iban a creer, peor estaba tan seguro de su predicción que ni le importó lo más mínimo. Estaba acostumbrado. Le tomaban por loco por pasarse los días leyendo y tratando de aprender cosas nuevas. "Chico, disfruta, que cuándo seas mayor ya tendrás tiempo para estudiar. Ponte a jugar a algo con los demás" Creían que no tenía amigos, pero sí los tenía. Dentro de sus libros tenía muchísimos. Tenía dese perros con antifáz hasta abuelos con barbas blancas. Tenía amigos que iban a la playa e incluso algunos que salvaban el mundo. Conocía millones de países diferentes y muchísimas culturas distintas, y no, no se sentía sólo. Le gustaba pasear y escuchar el agua caer de la cascada, tumbarse en el suelo a leer o mirar la naturaleza. Y observaba de lejos a la gente del pueblo lamentarse de una y otra cosa. Le decían que jugase, que se dejase de tonterías, pero él, no veía por allí nadie con quien jugar. Los niños estaban demasiado ocupados en sus casas con sus videoconsolas y eso a él no le gustaba. Él prefería la calle, los libros y la naturaleza, a pesar de que nunca diese el sol, sabía desde hacía cinco meses que el día 16 de este mes saldría y lo esperaba con ansias.

Dormía a la interperie en la terraza de su casa esperando que pasara rápido. Él mantenía la esperanza que todos los jóvenes y niños habían perdido. Allí ya todo estaba gris. La gente se preguntaba si Afred destacaba más por su obsesión con los libros o por su anaranjado cabello entre la oscuridad de la mayoría de habitantes. Él leyó y supo que no pertenecía a ese sitio. El leyó y supo que debería ir al colegio en alguna ciudad con bibliotecas. Pero él estaba allí, rodeado de gente que quería sentir que estaba modernizada, rodeado de gente a la que sólo le interesaba el dinero o la fama. Pero él nunca perdió la esperanza.

Y un buen día, el sol se dejó ver por allí. Sorprendiendo a los aburridos habitantes, dejando caer a algún desmayado por el susto e incluso rescatando viejas cámaras fotográficas que habían sido olvidadas en los cajones y que ese día merecían se utilizadas. Todo el mundo gritaba y saltaba, decían que Alfred era un enviado de Dios, que había predicho ese momentos. que debería dedicarse a adivino, o ir a la gran ciudad, a la universidad, a ser hombre del tiempo de la televisión y vestirse cada noche y cada mañana y cada mediodía de traje.

Pero Alfred se limitó a tumbarse con un libro bajo la cabeza y las piernas cruzadas, mirando al cielo iluminado, sintiéndose simplemente feliz y satisfecho. Deseando simplemente leer y convivir con la naturaleza, que era lo que a él le gustaba. Sin tener que pensar en las aspiraciones que las personas un día pensaron para él. Porque él no quería nada más.

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